Nick Furia, Agente de SHIELD (1998): Objetivo Hollywood

Quinta entrega de nuestro repaso por las reseñas del Daily Bugle: Edición Cine, en la que recuperamos la sección publicada originalmente en Marvel Age #15 (marzo de 2017):

La creación en 1996 de Marvel Studios debía representar, desde la distancia de estos veinticinco años, el amanecer de una nueva era y el salto definitivo de La casa de las Ideas al cine… sólo que su primera producción no fue ni una cosa ni la otra, sino el primero de una pretendida serie de telefilmes. Objetivo: Manhattan, como fue retitutalada televisivamente en nuestro país, forma realmente parte  de la generación anterior, en todo salvo el cambio de apellido de Marvel Films. Como no podía ser de otro modo, derivando del mismo acuerdo televisivo con Fox, en 1995, que el fallido piloto de Generation-X. Ambos telefilmes comparten, de hecho, la producción de David Roessell, Matthew Edelman y Avi Arad, a sólo tres meses de pasar a la historia como el precursor del cambio de ciclo de Blade.

Aquella Marvel distaba mucho de ser una marca consolidada en imagen real, no hablemos ya de auto producir en plena bancarrota. Fox era mucho más que su socio natural, como hogar desde 1992 del Universo Animado Marvel, amén de controlar cinematográficamente a Los Cuatro Fantásticos, Daredevil y La Patrulla-X, cuya adaptación estaba ya en marcha. La Distinguida Competencia les había dejado vía libre tras la debacle de Batman y Robin y de Steel y el final de Lois & Clark, por primera vez desde el declive fílmico de Superman en los años ochenta. Blade aprovecharía cinematográficamente aquella oportunidad, pero Nick Furia estaba a punto de convertirse en el nuevo Howard de la pequeña pantalla.

La llegada de Marvel Studios representaba una mayor implicación creativa en sus adaptaciones, aquí encarnada por el guionista David S. Goyer, ya vinculado a los anteriores proyectos de Motorista Fantasma y Doctor Extraño, y que firmaría también Blade, para alzarse a la postre como el escritor más prolífico del género. Si bien hacía años que había escrito Objetivo: Manhattan, y nunca estuvo presente en el plató, coincidiendo con el rodaje de su propio debut como director en Sleepwalkers. Cabe reivindicar en todo caso la continua referencia al cómic, dirigiéndose la mayor parte de las licencias a integrar el salto temporal de casi cuatro décadas desde la Edad de Plata, particularmente las referencias a la Segunda Guerra Mundial. Pero también a una cierta síntesis que revela la escasa confianza en la continuidad del proyecto y un muy revelador ahorro de costes.

Si se puede criticar por algo al sobreactuado ¡y sudoroso! Nick Furia de David Hasselhoff, es acaso por parecerse demasiado al de los cómics, concediéndole Goyer ser el único que pilló el chiste. Pero hasta para la parodia hay clases, y nos quedamos sin dudarlo con el apócrifo Furia de Charlton Heston en Mentiras Arriesgadas (1994). Éste se presenta más como un cazanazis que como un superviviente de la Segunda Guerra Mundial, mientras que ninguno de los muy vagamente reconocibles otros veteranos de Los Comandos Aulladores, ni “Dum Dum” Dugan (Garry Chalk) ni Gabe Jones (Ron Canada), mencionan dicho trasfondo ni ningún envejecimiento retardado. Aunque tampoco se descarte, salvo por ser claramente mayores que Furia, a excepción obviamente de la Condesa Valentina (Lisa Rinna), para poder ejercer de chica de la peli. En un juego generacional similar al de la futura Agentes de SHIELD, Alexander Pierce (Neil Roberts) y Kate Neville (Tracy Waterhouse), procedentes curiosamente ambos de la miniserie Nick Furia vs. SHIELD , adoptan el rol de jóvenes reclutas, recién licenciado él por la «Academia Kirby«, en las antípodas de la posterior versión de Robert Reford en Capitán América: El Soldado de Invierno; y reconvertida ella en telépata, como único superpoder de todo el telefilme y no por casualidad el más barato de reproducir en pantalla, pero es que ni siquiera llega a hacer uso siquiera del mismo. Completa el reparto de agentes comiqueros un desaprovechado cameo de Clay Quartermain (Adrian Hughes), al que le corresponde el dudoso honor de ser el papel más sobreactuado de un elenco sin contención alguna.

Hydra se actualiza por su parte en términos de terrorismo internacional, remotamente similares a su fase “ELLOS” en el cómic, paradójicamente premonitoria del Consejo Mundial de SHIELD del futuro Universo Cinemático. El Barón Strucker (Campbell Lane) habría nacido en 1938, por lo que es demasiado joven para haberla fundado durante la guerra, remontando sus raíces como división científica del Eje a Arnim Zola (Peter Haworth), pero conservando su obvia estética nazi. Su hija, Andrea Strucker, ejerce inéditamente de Víbora como nueva Madame Hydra, secundada por su hermano Werner, que se  adelanta así a Agentes de SHIELD pero asume el aspecto más bien de Andreas, aun obviando Los Fenris o su condición de mutantes, salvo que pretenda insinuarla el extrañamente gesticulante dedo meñique de Andrea.

De poco le sirve su relativa fidelidad, si las insuficiencias de producción y su espíritu camp anclan Objetivo: Manhattan al pasado. Matizando que con seis millones de dólares de presupuesto estimado, era uno de los telefilmes más caros de Fox hasta entonces. Más bien, era la pequeña pantalla la que todavía no estaba preparada para el salto superheroico que iba a imponer la propia Marvel en el cine, al igual que el nuevo estándar de Superman barrió en 1978 con la Edad de Oro de las superseries. Finalmente Smallville encontró en 2001 cómo rodearlo, pero no era un problema tanto de dinero como de perspectiva, cuando, resistiendo la comparación en términos de producción con los grandes éxitos de la época, y tratándose de una serie de espionaje, acabó pareciéndose más a Los Vigilantes de la Playa que a Expediente-X.

Sorprende que un director con veinticinco años de oficio como Rod Hardy, que ha seguido vinculado al género hasta la reciente Powers, pasando por Galáctica, Dollhouse o El Mentalista, confundiera cualquier atisbo de dinamismo con retorcer una y otra vez el eje de la cámara. Todo resulta acartonado, desde los escenarios a los propios actores, la banda sonora de bote y una fantasía que nunca logra parecer futurista. Ni siquiera los tan supuestamente precursores trajes de cuero negro, eran realmente una novedad en el ámbito del espionaje, y cuando más se acerca al género superheroico, acaba reapareciendo la licra, véase Víbora,  que curiosamente volvería a reivindicarla en Lobezno Inmortal. Lo que es muy representativo del problema de fondo: que por mucha Viuda Negra que se guardaran en la recámara, SHIELD debería servir para cohesionar, introducir si se quiere o asir a la realidad un Universo Superheroico; pero no para abaratarlo rehuyendo los superpoderes. Un telefilme atrapado en definitiva en el limbo entre dos épocas. Como mascar un puro durante noventa minutos para dejar de fumar en el epílogo.

Su muy optimista final abierto dejó de tener sentido tras Blade. Goyer siguió, no obstante, vinculado a una futurible adaptación cinematográfica de SHIELD, hasta recibir la llamada para encargarse de Batman. Posiblemente Hasselhoff fuera el único que se creyó los halagos de Stan Lee, pero las promesas de Avi Arad de que sería Nick Furia para siempre, sólo duraron hasta que Bryan Hitch lo dibujó con la cara de Samuel L. Jackson en The Ultimates. Afortunadamente, siempre nos quedará Steranko.

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