THE PUNISHER (1989): LA VENGANZA DE LA CALAVERA

Tras recuperar hace unas semanas Howard, un nuevo héroe  (1986), proseguimos nuestro repaso por las reseñas del Daily Bugle: Edición Cine, en este caso por la sección publicada originalmente en Marvel Age #8 (agosto de 2016):

Sorprende que Marvel reincidiera en su segunda intentona cinematográfica, tras el batacazo de Howard, con otro antihéroe de La Edad de Bronce como El Castigador, dando comienzo a una larga década de travesía fílmica marvelita por el desierto, o en el mejor de los casos, el videoclub. Un desastre en el que pesaron sin embargo muchos más condicionantes que los cinematográficos. Comenzando por su inexplicable traducción en España como Vengador.

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Empezó con un aparente paso hacia Hollywood, cuando New World Pictures adquiríó Marvel en 1986, al disolverse su anterior propietario, Cadence Industries. Pero no se trataba de ninguna Warner, sino de una productora de segundo nivel, cuyo mayor éxito había sido el culebrón televisivo Santa Bárbara. El montante total de la operación, 46 millones de dólares, era de hecho sólo un millón más de lo que había costado Howard. Lejos de comportar ningún mayor control creativo, el salto a la autoproducción separó a Marvel Productions de la división de cómics y puso sus adaptaciones en manos de unos ejecutivos que, según aseguran las malas lenguas, inicialmente creían haber comprado Superman.

Los libretos descartados de Cadence inundaron New World, se tanteó a Cannon Films para recuperar los derechos de Spiderman, se estudiaron nuevos proyectos como Blade y hasta se dio luz verde a Hombre Hormiga… pero El Castigador se encontraba en la cima de su popularidad, en pleno auge del grim & gritty, a caballo entre los ochenta y los noventa, y sobre todo se adelantó a todos ellos por ser el más barato de adaptar. Y el más rápido, volando los plazos a partir de la propuesta espontánea de un joven aspirante a guionista de veintiún años y sin ninguna experiencia, Boaz Yakin (Ahora me ves), hasta un rodaje exprés en Australia de 9 millones de dólares, en julio de 1988. Las prisas eran comprensibles: a pesar de su agresiva expansión, New World se encontraba inmersa en una peligrosa espiral de pérdidas, necesitando tanto recapitalizarse que tuvo que poner de nuevo en venta a Marvel paralelamente a la grabación.

Punisher-set-w-Brian-MarshallTampoco tenía demasiada experiencia como director Mark Goldblatt [sobre estas líneas, durante el rodaje], en su segunda y a la postre última película, tras la olvidadísima comedia gore Dead Heat y la mucho más reivindicable segunda unidad de Robocop; pero ya era y sigue siendo un editor de referencia para nombres tan fundamentales para el cine de acción como James Cameron, Paul Verhoeven, Michael Bay o Neill Blomkamp, y fue de hecho nominado al Oscar dos años después, por la edición de Terminator 2. El Vengador puede ser una mera sucesión de escenas de acción, estrictamente plana como película, pero con semejantes antecedentes no es de extrañar que haya envejecido mejor que muchas de sus compañeras de generación, con la mitad de su presupuesto. Sin olvidar la agradecidamente clásica banda sonora de Dennis Dreith, quien curiosamente ya había trabajado en el acompañamiento adicional de Howard. La referencia, desde los deliciosamente retro títulos de crédito, son las películas de justicieros armados a lo Charles Bronson o Clint Eastwood de la década anterior, en las que precisamente se basaran Gerry Conway y Ross Andru para crear El Castigador.

Desafortunadamente, eso es lo mejor que se puede decir en cuanto adaptación de El Vengador, por mucho que Stan Lee, Carl Potts y Tom DeFalco figuren como consultores (y el mentón de Dolph Lungdren parezca dibujada por Mike Zeck). Muy al contrario, pasará a la historia como la única versión de El Castigador que ha prescindido de su característica calavera en el pecho, por considerarla, paradójicamente, “demasiado de cómic”. Yakin intentó que al menos se la pintara con spray sobre su chaleco antibalas para la batalla final, como después veríamos en posteriores adaptaciones, pero quedó finalmente relegada a un pequeño cráneo en la empuñadura de los armas de El Vengador. Igualmente desaparecen los secundarios del cómic (aunque el soplón de la botella teledirigida es impagable) y reemplaza su furgoneta por una Harley, con la que se desplaza por las alcantarillas… Más sustancial es que su familia ya no muera accidentalmente en una reyerta mafiosa sino por la explosión de una bomba de la Mafia dirigida específicamente contra él, que resulta ser policía en vez de un exmarine. Una alteración en la que recaerían asimismo las versiones 2099, Ultimate o la película de 2004, para vincular su génesis a su villano, cuando El Castigador no debería individualizar su venganza contra el crimen organizado, pero que es en todo caso un cliché del género.

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Al menos, la película busca su propio camino relegando el origen a un breve flashback y no acomodándose en el “castigo” del asesino de su familia, sino tomándolo como punto de partida para tratar de invertir el esquema básico de El Castigador, forzándolo a aliarse con sus enemigos contra un mal mayor, que él mismo ha despertado con su cruzada. Sutil no es, regodeándose hasta el ridículo en todos los tópicos de la Mafia y la Yakuza, pero al menos llega a algún sitio cuando Frank acaba sometiéndose dócilmente al juicio del hijo de uno de sus ejecutados, idea que tomaría asimismo prestada veinte años después la versión de 2008. Puede ser un retrato manido y superficial, pero no rehúye la violencia extrema ni sus aristas morales.

En parte gracias a un Dolph Lungdren al que podía costar tomarse en serio tras el fracaso de Masters de Universo (1987) y bajo una caracterización tan alejada de su habitual imagen  a lo Ivan Drago. Pero que sí se tomó en serio a Frank Castle, escribiendo incluso él mismo sus monólogos internos. No será el mejor de los cuatro actores que lo han encarnado –desempeño físico al margen–, pero probablemente sí el que más se haya acercado al desequilibrio latente bajo su superficie de héroe de acción, jugando en ese sentido a favor su economía interpretativa. El resto de personajes demandan aún menos a sus intérpretes, comenzando por un Louis Gosset Jr. en piloto automático. Destacar si acaso a la gélida Kim Miyori, al frente de la Yakuza, por adelantada no sólo a su tiempo sino a lo que han aportado desde entonces las villanas al género. Quentin Tarantino la homenajeó de hecho directamente en Kill Bill, recuperando incluso el efecto del cambio de luz. Sin olvidarnos de Zoshka Mizak, la misteriosa hija de Lady Tanaka, que bien podría pasar por una adaptación apócrifa de Elektra. Aunque sin Vietnam ni la calavera, nos queda una película de vigilantes de la vieja escuela, pero sólo un reflejo de Frank Castle.

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Los méritos de El Vengador pueden en suma ser ajustados, pero su mayor demérito es externo: la quiebra de New World impidió su estreno cinematográfico en Estados Unidos, saliendo directamente a vídeo tan tarde como 1991. No así internacionalmente, aunque su distribución fue tan limitada que ni siquiera alcanzó el millón de dólares en la taquilla de 1989, la peor de la historia de La Casa de las Ideas. Y la debacle de Superman ya no valía para enjuagar las lágrimas, cuando ese mismo año La Distinguida Competencia se daba a sí misma el relevo con Batman. Pero diez años después, no sería de nuevo ningún icono superheroico sino Blade (1998) quien señalaría el futuro.

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